En nuestra editorial anterior planteábamos una idea que puede resultar incómoda: votar también es una competencia. No basta con tener una opinión; es necesario interpretar discursos, analizar cifras y comprender problemas sociales complejos. Y digo incómoda porque implica aventurarse a un desgaste cognitivo, a sacar de nuestro tiempo para leer con detalle y comparar ideas, argumentos, diferenciar un hecho de una mera suposición, para llegar a un juicio crítico, lo que podríamos decir es contrario a una simple opinión.
Leer críticamente para pensar críticamente es la cuota obligatoria que deberíamos pagar por hacer parte de un sistema democrático, lo malo es que dejamos que otros asuman la responsabilidad cuando por ejemplo en nuestra familia nos dicen “usted que ha estudiado diga por quién es mejor votar esta vez” o peor aún “votemos por este que nos promete un puesto”, “un plato de comida” o “unos miserables pesos” parece que ganamos a corto plazo… ¿ganamos?… si necesitamos de alguien para un puesto de trabajo, un plato de comida o unas monedas, es porque por alguna razón no hemos invertido en esa cuota cognitiva. Se paga caro cuando se desconoce el precio.
Y sé bien que con este inicio de editorial más de uno puede sentirse aludido o molesto (la verdad eso espero), sea porque ha usado los tentáculos del poder para acceder a un cargo, para atornillarse en un puesto, o porque supone – erróneamente- que muchas personas no tienen la posibilidad de tomar decisiones diferentes, que la corrupción no va a cambiar.
Esta editorial está pensada precisamente para cada punto de vista que vaya surgiendo. Lo bonito de pensar en clave de competencias es que te obliga a repensar lo que piensas, y eso es inteligencia, es incómodo, y muchas veces frustrante pero infinitamente necesario.
Vamos entonces a proponer de una manera imparcial acciones cognitivas que nos pueden servir para develar en los discursos —sea orales o escritos— falsedades e incoherencias. Paguemos la cuota cognitiva de pensar críticamente. Es lo mejor que podemos hacer.
Vamos a abordar en conjunto las competencias de Comunicación Escrita e Inglés, evaluadas en Saber PRO – TyT, y el cómo nos pueden ayudar a votar críticamente. Estas competencias, no sólo permiten expresar ideas con claridad o acceder a información en otros contextos. Permiten algo más exigente: identificar ambigüedades, reconocer argumentos débiles y detectar cuándo una idea, aunque suene bien, no está sustentada. Estas pruebas no son solo un requisito académico de grado, sino un entrenamiento de defensa personal contra la simplificación del discurso político, competencias para la vida.
El discurso político: un político no gana solo por su discurso, pero difícilmente gana sin él
Nos quedamos, a menudo, embelezados con la estética de la palabra, olvidando que el lenguaje debería ser también el terreno de la sospecha. Ya lo advertía mi profesor Víctor Peñuela: “con el contacto físico sabemos a qué atenernos, pero con las palabras nunca estamos seguros de si nos están engañando o manipulando”. Las palabras, decía él, son cuestionables. Es bonito dejarse seducir por los discursos, pero es necesario revisarlos con eficacia, diseccionarlos.
En política, las ideas no compiten únicamente por su solidez, sino por su capacidad de ser comprendidas, recordadas y repetidas. El lenguaje no es un medio neutro: es el lugar donde la realidad se organiza, se simplifica y, en muchos casos, se redefine. Aquí aparece una dificultad que no siempre es evidente. Como advertía Friedrich Nietzsche, las palabras no capturan la realidad en toda su complejidad; la reducen. Y esa reducción, necesaria para poder comunicarnos, también abre la puerta a algo más problemático: decir sin decir del todo. En política, esto no es un accidente. Es, muchas veces, una estrategia.
De ahí que la claridad de un discurso no siempre sea una señal de precisión, sino, en ocasiones, de simplificación. Expresiones como “el cambio”, “recuperar el país” o “defender la democracia” suenan evidentes, pero exigen una pregunta que rara vez se formula: ¿qué significan exactamente? Cuando esa pregunta no se hace, el lenguaje deja de explicar y empieza a operar. Veamos esto con más detalle.
Lenguaje y democracia: una herencia anglosajona
Buena parte de la tradición democrática moderna ha insistido en una idea fundamental: la democracia no se sostiene solo en instituciones, sino en la calidad del debate público. Pensadores como John Stuart Mill defendieron la libertad de expresión no como un derecho abstracto, sino como una condición para corregir errores, contrastar ideas y acercarse a decisiones colectivas más razonables. De allí que sean tan necesarios los debates, más aún en un mundo de mass media o medios de comunicación de masas.
En esa tradición, el lenguaje no es un accesorio de la política. Es su infraestructura invisible. Pero esa infraestructura hoy muestra fisuras si somos buenos lectores críticos, si sabemos cómo se escribe mejor. Comunicación Escrita.
Un ejemplo evidente es la frase “Make America Great Again”, “Hacer a América grande de nuevo” asociada a Donald Trump.
Su potencia no radica en lo que dice, sino en lo que omite.
- ¿Qué significa “grande”?
- ¿Cuándo lo fue?
- ¿Para quiénes?
- ¿Cómo se mide ese “regreso”?
La eficacia de la frase está en que evita responder estas preguntas. Funciona como una idea abierta, emocional, difícil de refutar precisamente porque no es del todo precisa. Este tipo de expresiones no son falsas en sentido estricto. Son algo más complejo: son analíticamente débiles, pero comunicativamente poderosas. Llaman a la nostalgia del pasado, y cómo el pasado es una construcción mental, es fácil olvidar aquello desagradable y poner en relieve lo bueno, no es lo que recordamos, es como lo recordamos —o inventamos—.
En términos prácticos para muchos “Antes todo era mejor, más barato y había más valores”. Si piensas así, y naciste entre finales de los 70s y principios de los 80s, recuerda que venimos de la época de Pablo Escobar, del sicariato, de las bombas, de los carteles.
Si naciste antes, el país se desangraba en una guerra estupida —todas las guerras lo son— entre liberales y conservadores… y hacia donde mires, cada época ha estado nutrida por lo bueno y lo malo.
En todas las épocas igual vivimos momentos hermosos, esas tardes de verano infinitas, de días azules llenos de alegría perdidos en medio de los juegos de niños, esos primeros besos furtivos, las emociones que hacían retorcer nuestro estómago, todo fue bonito, todo fue horrible. Solo depende del prisma.
Cuidado con la narrativa
Cuando un discurso insiste de manera recurrente en un pasado espléndido que debe ser recuperado, no solo está proponiendo una idea política. Está construyendo una narrativa.
Y esa narrativa tiene dos efectos:
- Idealiza el pasado, eliminando sus tensiones y contradicciones.
- Deslegitima el presente, presentándolo como una desviación o un fracaso.
Este recurso no es nuevo. Ha aparecido en distintos momentos en los que las sociedades enfrentan incertidumbre. No es una prueba definitiva de crisis. Pero sí es una señal que merece ser analizada.
El ciclo del deterioro permanente
A esto se suma otro fenómeno, más sutil pero igual de relevante. Cada cierto tiempo —a menudo en ciclos políticos previsibles— reaparece la idea de que “el país va por mal camino”, que “se ha perdido el rumbo” y que es urgente “recuperar lo que fuimos”. El problema no es la crítica. La crítica es necesaria en democracia. El problema aparece cuando esa narrativa se repite de forma constante, independientemente de los datos, los contextos o los cambios reales.
Ahí la discusión deja de ser analítica y empieza a ser emocional. Y cuando eso ocurre, emerge un recurso particularmente efectivo: el miedo. Hace poco escuchaba una entrevista en la cual el periodista le preguntaba al candidato: –“y esta situación de violencia e inseguridad ¿cómo la va a enfrentar? el país se cae a pedazos, todos los departamentos están en alerta roja”. Y el candidato preguntó por las cifras o fuentes que argumentaban esa postura y el periodista atinó a decir: –“todo el mundo lo sabe”.
No deseo intervenir en tu voto, solo espero que votes, sea en blanco, o sea por Don X o don Z, por decir algo, solo te pido que analices, reflexiones sobre los discursos. Piensa en cómo piensas, y ten cuidado, puede ser cierto eso en lo que crees.
Sofismas: cuando el argumento parece válido
En este punto es necesario introducir un concepto clave: el sofisma. Un sofisma no es simplemente un error. Es un razonamiento que parece correcto, pero no lo es.
En el lenguaje político, esto se traduce en formas de comunicación que:
- simplifican problemas complejos en soluciones inmediatas.
- utilizan términos ambiguos que dificultan la verificación.
- apelan a emociones sin desarrollar argumentos.
- o presentan afirmaciones sin evidencia como si fueran hechos.
El problema no es solo que existan malas ideas. El problema es que muchas ideas están formuladas de tal manera que impiden ser evaluadas con rigor.
Este fenómeno no es exclusivo de un idioma o contexto. Expresiones como “el cambio”, “defender la democracia” o “la voluntad del pueblo” aparecen con frecuencia en distintos discursos políticos en español o en inglés, por referenciar dos idiomas, pero hacen parte del manual básico del discurso político de base.
Todas tienen algo en común: alta carga valorativa y bajo nivel de precisión.
Desde una lectura crítica, estas expresiones exigen preguntas:
- ¿Qué o cuál cambio?
- ¿Qué o cuál democracia?
- ¿Qué o cuál pueblo?
Pero en el debate público, muchas veces esas preguntas no se formulan.
Aquí es donde la competencia de comunicación escrita adquiere una relevancia mayor a la que suele reconocerse. En las pruebas Saber Pro y Saber TyT, esta competencia no se limita a escribir correctamente: implica organizar ideas, construir argumentos y sostener una posición de manera coherente. Escribir bien no es adornar el lenguaje. Es estructurar el pensamiento.
Y en el ámbito público, esto se traduce en la capacidad de:
- hacer explícitas las premisas.
- evitar ambigüedades.
- diferenciar entre opinión y argumento.
- y construir mensajes que puedan ser comprendidos y evaluados.
Inglés: acceder a la conversación global
A esto se suma una competencia que suele subestimarse en este contexto: el inglés.
Gran parte de la producción académica, de los análisis comparados y de los debates sobre democracia contemporánea circulan en inglés. Acceder a estos contenidos permite contrastar perspectivas, identificar patrones y comprender que muchos de los problemas actuales no son locales, sino compartidos.
Pero hay algo más; el inglés también permite acceder a una tradición intelectual que ha influido profundamente en la forma en que entendemos la libertad, el debate público y el papel del desacuerdo. No es solo una herramienta profesional. Es una puerta de entrada a otras formas de pensar lo político.
Si en la primera editorial el problema era la calidad del pensamiento, en esta aparece un problema distinto. La capacidad de hacerlo visible. En una democracia, las ideas no compiten únicamente por su verdad, compiten por su claridad, su forma y su capacidad de circulación, y en ese escenario, el lenguaje no es neutral.
Puede aclarar o puede confundir. Puede abrir el debate o puede cerrarlo.
Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, el discurso político incorporó expresiones como “War on Terror”, ampliamente utilizadas por George W. Bush. Traducida como “guerra contra el terrorismo”, la frase parece clara y contundente. Sin embargo, desde un análisis crítico presenta una dificultad conceptual relevante: convierte el “terrorismo” —una estrategia o fenómeno— en un enemigo aparentemente concreto, susceptible de ser enfrentado como si se tratara de un actor claramente delimitado. A esto se suma una simplificación del problema, al reducir un fenómeno con múltiples causas políticas, históricas y culturales a una única categoría operativa. Más que describir la realidad, la expresión la reorganiza, permitiendo agrupar bajo una misma narrativa distintos conflictos y actores. Su eficacia no radica en su precisión, sino en su capacidad de movilizar una respuesta inmediata, incluso a costa de limitar el análisis.
Si vamos más atrás, durante la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill pronunció una de las frases más recordadas del siglo XX: “I have nothing to offer but blood, toil, tears and sweat” “No tengo nada que ofrecer sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. A diferencia de otros ejemplos del discurso político contemporáneo, esta expresión no busca simplificar la realidad ni ocultar sus dificultades. Por el contrario, su fuerza radica en lo opuesto: expone con crudeza el costo del momento histórico.
Sin embargo, esto no significa que esté exenta de análisis. La frase cumple una función clara: movilizar a la población en un contexto de crisis extrema. No ofrece un diagnóstico detallado ni una explicación compleja del conflicto; ofrece un marco emocional y ético para asumirlo. En ese sentido, muestra que el lenguaje político no siempre opera mediante sofismas, pero sí mediante selecciones estratégicas de la realidad.
El contraste es relevante. Mientras algunas expresiones contemporáneas reducen la complejidad para evitar el análisis, en este caso la simplificación cumple otra función: hacer comprensible y asumible una situación límite. La diferencia no está en la presencia o ausencia de retórica, sino en su relación con la realidad: si la oculta, la distorsiona o la hace más visible.
El uso estratégico del lenguaje en el poder. Veamos un cuadro que puede resumir estas ideas.
| Elemento | Donald Trump | George W. Bush | Winston Churchill |
|---|---|---|---|
| Frase clave | Make America Great Again | War on Terror | Blood, toil, tears and sweat |
| Tipo de recurso | Apelación al pasado | Simplificación del conflicto | Explicitación del costo |
| Problema principal | Ambigüedad estratégica | Reducción de la complejidad | No hay ocultamiento, pero sí selección |
| Tipo de movilización | Emocional y proyectiva | Binaria (enemigo claro) | Ética y realista |
| Relación con la realidad | Indeterminada (cada quien la define) | Simplificada | Reconocida en su dureza |
| Riesgo cognitivo | Interpretaciones sin control | Pensamiento dicotómico | Aceptación sin cuestionamiento del costo |
| Competencia clave | Lectura crítica | Competencias ciudadanas | Argumentación y juicio ético |
Hoy, con el silencio físico de maestros como Peñuela y Habermas, nos corresponde a nosotros activar esa “cuota cognitiva”. Si el político usa el lenguaje para “agarrar” nuestra voluntad, nuestra única defensa es desconfiar de la caricia del discurso para auditar, con rigor, la veracidad de los hechos.
Eduardo Montoya Castañeda
Licenciado en Filosofía con más de 24 años de experiencia en evaluación y aseguramiento del aprendizaje —AoL—. Fue docente y directivo por alrededor de 10 años. Socio fundador y Director general de ESE- Grupo Educación y Empresa desde hace 14 años.
Referencias Bibliográficas
Camps, V. (1983). La imaginación ética. Seix Barral.
Deleuze, G. (1995). Conversaciones. Pre-textos.
Habermas, J. (1987). Teoría de la acción comunicativa (Vol. 1). Taurus.
Lyotard, J. F. (1994). ¿Por qué filosofar? Altaya.
Nietzsche, F. (2003). Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Tecnos.
Peñuela, V. (1997). Contracultura y underground. Memorias II Congreso de Filosofía, Caldas-Antioquia, 257-290.
Racionero, L. (1987). Filosofía del underground (5ª ed.). Anagrama.
Restrepo, L. C. (1994). La cultura del terror. Planeta. (Referenciado por Peñuela sobre la mano y la palabra).
Referencias de Discursos Políticos
Bush, G. W. (2001, 20 de septiembre). Address to a Joint Session of Congress and the American People [Discurso en video]. Office of the Press Secretary. https://georgewbush-whitehouse.archives.gov/news/releases/2001/09/20010920-8.html (Origen de la expresión «War on Terror»).
Churchill, W. (1940, 13 de mayo). Blood, Toil, Tears and Sweat [Discurso ante la Cámara de los Comunes]. Recinto del Parlamento, Londres. https://www.winstonchurchill.org/resources/speeches/1940-the-finest-hour/blood-toil-tears-and-sweat/
Trump, D. J. (2015, 16 de junio). Donald Trump Presidential Campaign Announcement [Discurso de lanzamiento]. Trump Tower, Nueva York. https://youtu.be/apjNfkysjbM?si=8zmLWl9Hxn8XlYGT (Consolidación del eslogan «Make America Great Again»).


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