Hace años tuve un amigo que escribía muy mal y, dada la confianza que había entre los dos, con frecuencia le decía que mejor me mandara audios porque me “hería los ojos”. Sin embargo, ante cualquier corrección, su respuesta era siempre la misma: en un país libre podía escribir como quisiera o que, al fin y al cabo, yo le había entendido.
Esta anécdota refleja una idea cada vez más visible: mientras el mensaje ‘se entienda’, la forma deja de importar. En ese contexto, el español ha ido cambiando con el paso del tiempo. La relajación en la enseñanza de las normas, la creatividad publicitaria, la influencia del inglés, la tecnología y, más recientemente, la inteligencia artificial —e incluso cierto individualismo— han ido desdibujando su uso. Para algunos, esto es una evolución; para otros, un deterioro. También están quienes lo entienden como una adaptación al contexto y el afán del día a día.
¿Podríamos decir que anteriormente las escuelas eran más estrictas en ortotipografía y gramática? La argentina Ana María Borzone, especialista en desarrollo lingüístico y cognitivo, plantea que “la pedagogía del lenguaje integral, importada desde los Estados Unidos en la década de 1980, estableció entre otras cosas que se dejara de enseñar ortografía en las escuelas. Las normas quedaron desacreditadas frente a un constructivismo extremo, pero lo cierto es que las convenciones gramaticales se aprenden, no pueden surgir de una construcción del alumno”.
A partir de sus investigaciones en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), Borzone asegura que si la ortografía se enseñara desde etapas tempranas, podría aprenderse sin mayores dificultades. El problema, advierte, es que “hay una enseñanza deficitaria”, que se extiende a lo largo de la educación primaria.
Quiero pensar que escribir bien sigue siendo sinónimo de cuidado y de respeto por el otro, más allá de la formación académica. Sin embargo, no se trata solo de lo que ocurre en la escuela: las nuevas tecnologías han transformado nuestra manera de comunicarnos, y hoy el español enfrenta desafíos que se alejan de la norma. Sobre estos desafíos gira esta reflexión.
La oralidad escrita y el fenómeno de la "neografía"
Esta resistencia a la norma se manifiesta hoy en lo que expertos denominan oralidad escrita. Como señala el docente Sergio Roncallo-Dow, en plataformas como WhatsApp no estamos escribiendo en el sentido tradicional, sino “hablando a través de un soporte tecnológico”.
“Yo creo que cuando chateamos (…), sí hay un relajamiento de la forma y entonces el texto pierde la sacralidad literaria que, por ejemplo, podían tener las cartas. O sea, la epístola era como un género literario, pero la diferencia entre una carta y un mensaje de WhatsApp es que en la carta estamos escribiendo y en WhatsApp estamos hablando. Incluso si usted revisa como lo expresamos, nadie dice, ‘Estoy escribiéndote por WhatsApp’, sino hablemos por WhatsApp. Es decir, es la oralidad mediada escrituralmente por una tecnología”, afirma.
Esta dinámica ha generado la neografía, una tendencia hacia la simplificación de las normas lingüísticas impulsada por la comunicación instantánea. En este nuevo código, los usuarios alteran la puntuación para transmitir matices emocionales: se utilizan más de tres puntos suspensivos para aumentar el suspenso o se repiten múltiples signos de interrogación y exclamación para intensificar la intención.
Aunque la Fundéu recuerda que los signos de cierre deben ser simétricos con los de apertura y la RAE dice que los puntos suspensivos son solo tres, lo cierto es que el uso informal ha normalizado la ruptura de estas reglas para priorizar la expresividad, tanto en chats como en redes sociales.
La publicidad ha jugado un papel determinante en este desdibujamiento del español. Algunas marcas recurren deliberadamente a errores ortográficos o gramaticales para posicionarse en la mente del consumidor y captar su atención.
Aunque en nuestro país existe el Código Colombiano de Autorregulación Publicitaria, el cual establece que “los mensajes comerciales deberán propender por el buen uso del idioma Español, sin perjuicio de la utilización de modismos, expresiones o dichos populares y expresiones o frases en idioma extranjero, como recurso creativo”, lo cierto es que su aplicación no es obligatoria.
Se ha documentado el uso de «patologías ortográficas» en anuncios exteriores, donde la ausencia de tildes, el uso inapropiado de mayúsculas, letras faltantes y la escritura inadecuada parecen ser consecuencia de los aprendizajes y las apropiaciones evidenciadas desde la escuela en un decadente hábito de la lectura y escritura que manejan los ciudadanos. (Ovalles Pabón, 2014)
Por otro lado, las faltas de ortografía intencionales en publicidad, que para algunos constituyen una mala práctica —me incluyo—, es una técnica utilizada desde hace décadas, justificada bajo la idea de una «estrategia» para llamar la atención y atraer a las masas.
Campañas como la de Chupa Chups en 2015, con el lema “por un mundo menos serio” (como si escribir bien fuera algo aburrido), promueven activamente el desprecio por el lenguaje formal.
Este fenómeno es peligroso, pues cuando la ciudadanía normaliza la escritura incorrecta en el paisaje urbano, se empobrece la riqueza lingüística de la sociedad y se deteriora la imagen de credibilidad de las marcas, llegando incluso a cambiar el sentido de mensajes vitales. No es lo mismo decir «vamos a comer niños» que «vamos a comer, niños».
La invasión de las formas inglesas
Si bien a lo largo de los años hemos adoptado y adaptado palabras del inglés (como guachimán, chuspa, bistec, etc.), el español actual se ve cada vez más influenciado por esta lengua, convertida en lingua franca de la era digital.
Palabras como cringe, random, spoiler u outfit, que los jóvenes perciben con mayor «precisión semántica», se han convertido en términos de uso cotidiano. Este proceso de hibridación ha generado verbos integrados morfosintácticamente como “stalkear”, “likear” o “googlear”, que desplazan los términos propios de nuestro idioma.
Otra influencia es el uso de la voz pasiva, que relega al sujeto a un papel secundario, restando claridad y naturalidad al español.
Miremos este ejemplo: “el tercer gol fue hecho por Falcao, dándole la victoria a la selección Colombia frente a Brasil en el mundial de 2022”.
¿Quién hizo el gol? El sujeto es Falcao; sin embargo, la acción se presenta de forma activa, en lugar de un complemento.
En español hay que dejar que el sujeto realice la acción, poniéndolo al inicio de la oración y conjugando el verbo de manera simple: “en el mundial de 2022, Falcao metió el tercer gol, dándole la victoria a la selección Colombia frente a Brasil”.
Por otro lado, la omisión de los signos de apertura (¿, ¡) como ocurre en el inglés, se ha vuelto frecuente. La pereza, la creencia de que no son necesarios o la configuración de los teclados móviles suelen ser las excusas para no utilizarlos.
En español no contamos con una estructura que anticipe si una frase es interrogativa o exclamativa, por lo que necesitamos ambos signos para ayudar al lector a entonar la frase de manera adecuada desde el principio, dándole un significado u otro. En inglés, en cambio, la estructura de la oración permite identificarlo sin necesidad de signos de apertura.
Otro aspecto, aparentemente menor pero cada vez más extendido (incluso en textos generados o revisados por IA) es la posición del punto. Según la RAE, de acuerdo con las normas ortográficas hoy vigentes, el punto debe escribirse siempre después de los signos de cierre: los paréntesis, las comillas, los corchetes o las rayas.
Ejemplo: “Dijo que iría a la reunión pero no llegó”. (Creo que estaba muy enojado).
Asimismo, se ha generalizado el uso excesivo del Title Case. Aunque algunos argumentan que mejora la legibilidad, este estilo —que consiste en poner mayúscula inicial a cada palabra relevante— contradice la norma del español, que recomienda usar mayúscula solo en la primera palabra y en los nombres propios*.
Netiqueta
En este entorno digital han surgido protocolos conocidos como netiqueta, que intentan dar orden al caos. Aunque incluyen el uso correcto de la ortografía, su cumplimiento se observa principalmente en contextos formales o laborales.
Un ejemplo claro es la norma de evitar escribir exclusivamente en mayúsculas, ya que equivale a gritar… y seguramente todos hemos sentido ese tono de regaño al leer un mensaje así.
Literal… mente
La palabra «literal» ha sufrido un uso abusivo y, generalmente, incorrecto.
Se emplea para enfatizar situaciones que, paradójicamente, son metafóricas, lo que evidencia una pérdida de rigor léxico en la comunicación cotidiana.
No es extraño escuchar: “literal me morí de risa”. Aquí encontramos dos errores: “literal” es un adjetivo, por lo que lo correcto sería usar: “literalmente”; en segundo lugar contradice su significado, que implica exactitud.
También los medios caen en este error con titulares como: “Kiss incendia la plaza de toros (literalmente)”. La Fundéu recomienda no abusar del adverbio y restringir su uso a casos en los que sea inequívoco que los hechos ocurrieron exactamente como se describen.
Tan sencillo como preguntarse: ¿esto ocurrió tal cual lo estoy diciendo? Si la respuesta es negativa, entonces “literalmente” se está usando como intensificador y conviene eliminarlo o reemplazarlo: “Kiss dio un espectáculo extraordinario en la plaza de toros”.
Impacto en el desempeño estudiantil y las Pruebas Saber
Estos cambios no son inocuos, afectan directamente las competencias académicas. Investigaciones advierten que la dependencia de la comunicación digital incide negativamente en la ortografía y redacción en contextos formales.
Esto es especialmente crítico en el módulo de Comunicación Escrita de las pruebas Saber Pro y TyT, donde se exige producir un texto argumentativo con unidad semántica y un uso adecuado de los mecanismos cohesivos.
Un estudiante habituado a la fragmentación de oraciones y la omisión de letras en redes sociales difícilmente alcanzará los niveles superiores de desempeño, los cuales requieren una estructura circular, conectores lógicos y precisión gramatical para persuadir al lector.
Como advierte Eduardo Montoya, Director general de ESE, en nuestra masterclass de Comunicación Escrita: “lo escrito no va acompañado de un cuerpo. La única forma de compartir un mensaje de forma escrita con éxito es siguiendo unas reglas. Sino tenemos en cuenta estas reglas, la comunicación no va a ser exitosa y eso es un peligro que debemos afrontar”.
La Lectura Crítica como herramienta de salvaguarda
Para evitar el mal uso del idioma, es fundamental desarrollar la Lectura Crítica. Esta competencia no se limita a decodificar signos, sino que implica comprender la estructura del texto, identificar intenciones comunicativas y evaluar la validez de los argumentos.
Un lector crítico posee conciencia metalingüística: sabe diferenciar registros y entiende que la lengua es un sistema vivo, pero que requiere reglas para garantizar una comunicación efectiva.
Al analizar información y contrastar fuentes, nos protegemos de la desinformación, la publicidad engañosa y los vicios del lenguaje digital, convirtiéndonos en prosumidores responsables.
Conclusión
Aunque hoy nos movemos en una dinámica de “oralidad escrita”, donde prima la rapidez, escribir bien sigue siendo una herramienta de vida que nos permite relacionarnos mejor con el mundo, acceder al conocimiento y construir una imagen de credibilidad y respeto hacia los demás. Un descuido en la puntuación o la omisión de una tilde puede cambiar por completo el sentido de un mensaje, transformando lo que parecía inocente en algo ambiguo o incluso ofensivo.
Por eso, incluso en la brevedad de un chat, respetar unas reglas mínimas es lo que garantiza que el mensaje sea claro, autosuficiente y cumpla su propósito sin generar interpretaciones innecesarias. La comunicación efectiva no depende de la extensión, sino de la intención bien expresada. Decir lo esencial desde el inicio, evitar rodeos y reducir la ambigüedad son habilidades clave.
En entornos digitales, los recursos propios de esta era —como emojis o conectores breves— pueden aportar fluidez y matices emocionales a las palabras, siempre que no comprometan la precisión del mensaje.
En definitiva, escribir bien hoy no significa escribir más, sino escribir mejor: con claridad, intención y cuidado. En un mundo saturado de información, a nadie le molesta una persona que es capaz de expresar todo de forma clara y sencilla, ya que la brevedad unida a la buena escritura facilita la comprensión y proyecta respeto, criterio y profesionalismo en cualquier contexto, laboral, académico o cotidiano.
Como afirma Víctor García de la Concha, vigesimoctavo director de la Real Academia Española entre 1998 y 2010, «todos somos responsables de nuestra lengua».
Diana Maritza López H.
Comunicadora social y periodista con más de 20 años de experiencia escribiendo contenidos y noticias sobre diferentes tópicos. Es parte del equipo de diseño y comunicaciones de ESE – Grupo Educación y Empresa.
*Las normas APA utilizan «capitalización de títulos» para niveles 1-5. Se capitalizan sustantivos, verbos, adjetivos y palabras de más de cuatro letras.
Referencias:
Alfredo Dillon (17 de octubre de 2019). Aseguran que el problema de escribir mal nace en la escuela. El Clarín. https://www.clarin.com/sociedad/ortografia-faltas_0_Sy8pgmYvXl.html
Ovalles Pabón, L. C. (2014). Patologías ortográficas de la publicidad exterior en la zona comercial del municipio de San José de Cúcuta. Respuestas, 19(1), 19–26. https://doi.org/10.22463/0122820X.5
Botero, M., Castro, D., & Nieto, R. (12 de enero de 2017). Internet y su inmediatez: ¿agentes de los cambios en la comunicación escrita de la lengua española? https://medium.com/@rafa.nieto/internet-inmediatez-cdcd2ca112e4
Yasaca, N., Alcívar, G., Pérez, J., Malavé, L., & Almeida, M. (22 de agosto de 2025). El impacto de las redes sociales en la evolución del lenguaje. Revista científica multidisciplinaria Ciencia y reflexión. 4(3) 32-46. https://doi.org/10.70747/cr.v4i3.396
Ferrández-Candelao, T., Belda-Torrijos, M., (29 de mayo de 2025). La influencia del lenguaje virtual en la ortografía y la redacción de textos en adolescentes. Revista Tecnológica-Educativa Docentes 2.0. http://dx.doi.org/10.37843/rted.v18i1.523


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