Votar también es una competencia: lo que Saber PRO y TyT nos dicen sobre nuestras decisiones políticas

Saber PRO y TyT decisiones políticas y democracia

Si soy franco, durante años ejercí “mi derecho a no votar”, entre mis 18 años hasta los 26 así respondía cuando me hablaban al respecto. Y claro, creo que sigue siendo un punto válido. Pero como me gusta cambiar de parecer, fui entendiendo cada vez de forma más profunda nuestra responsabilidad de votar si se tiene la suerte de habitar un país democrático. 

Conviene además situar esta discusión en un contexto más amplio. A nivel global, la democracia no es el régimen político predominante. De acuerdo con el Democracy Index, que analiza 167 países, actualmente 74 pueden considerarse democracias de algún tipo, aunque solo 25 países califican como “democracias plenas”. El resto del mundo se distribuye entre democracias imperfectas, regímenes híbridos y sistemas autoritarios. En términos poblacionales, apenas el 6,6 % de la población mundial vive en democracias plenas, mientras que cerca del 40 % vive bajo regímenes autoritarios. Estadísticamente hablando (razonamiento cuantitativo) hacemos parte de un 6,6 % más privilegiado que el resto de la población mundial.

“Votar no es solo un acto individual, sino una práctica que ocurre dentro de un sistema político que, globalmente, está lejos de ser mayoritario”.

Desde esta perspectiva y en términos prácticos hago uso de las pruebas Saber PRO – TyT y decido escribir esta editorial, pensando y entendiendo el acto político como un conjunto de competencias. He delimitado la editorial a tres competencias: Lectura Crítica, Razonamiento Cuantitativo y Competencias Ciudadanas. Una segunda parte hablará del Inglés y la Comunicación Escrita. 

Así que vamos por partes. Hablemos de algunas cifras y perspectivas. Expliquemos la relación intrínseca del voto como un conjunto de competencias; y preparémonos para votar bien —hago spoiler—  por ninguna razón voy a hacer proselitismo político, mi voto es privado. Solo deseo hacer pedagogía y alimentar nuestro discurso de competencias para la vida.

Algunas cifras

Cada año, en Colombia, más de medio millón de estudiantes de educación superior presentan las pruebas Saber Pro y Saber TyT, aplicadas por el ICFES. Solo en 2025,  176.721 estudiantes fueron inscritos para TyT y 286.709 para Saber Pro, distribuidos en más de 100 municipios del país. 

En términos administrativos, estas pruebas son un requisito de grado. En términos institucionales, funcionan como un instrumento para comparar programas, universidades y resultados de aprendizaje. Pero existe una forma distinta —y quizá más interesante— de interpretarlas: como un pequeño laboratorio de ciudadanía. Porque las competencias que estas pruebas evalúan también sirven para entender el país en el que vivimos.

El voto como problema cognitivo

En las democracias modernas solemos hablar del voto como un derecho político. Y lo es. Pero también es otra cosa: una decisión cognitiva compleja.

Cuando un ciudadano entra a una urna, en realidad está enfrentando un problema que exige varias habilidades simultáneas:

  • Interpretar discursos = Lectura Crítica.

     

  • Evaluar argumentos = Competencias Ciudadanas (sub competencia de multiperspectivismo) y Lectura Crítica.

     

  • Entender e interpretar cifras = Razonamiento Cuantitativo.

     

  • Identificar intereses = Competencias Ciudadanas sub competencia de argumentación.

     

  • Anticipar consecuencias colectivas = Competencias Ciudadanas – pensamiento sistémico.

     

Votar exige exactamente el tipo de habilidades que las pruebas Saber PRO y TyT intentan medir. Dicho de otra manera: cuando un ciudadano vota, está enfrentando un problema muy similar a los que aparecen en las pruebas. La diferencia es que en la vida no hay una única respuesta correcta, afortunadamente.

Lectura crítica: sobrevivir al discurso político

En el ecosistema informativo actual, la política se mueve entre discursos, narrativas y promesas. Programas de gobierno, hilos de X, entrevistas, videos virales y debates televisivos forman un flujo constante de información.

La competencia de Lectura Crítica, no se limita a comprender un texto. Implica algo más exigente: identificar supuestos, evaluar la consistencia de los argumentos y reconocer lo que no se dice (leer entre líneas).

En política, esta última habilidad es particularmente importante.

Los discursos rara vez mienten de manera frontal. Lo que suelen hacer es seleccionar estratégicamente la información que presentan. Un ciudadano con lectura crítica desarrollada entiende que un argumento político no se evalúa solo por lo que afirma, sino también por lo que omite

Por ejemplo, un candidato puede decir: “En nuestro gobierno la inversión en educación aumentó un 30 %”. La afirmación puede ser técnicamente correcta. Sin embargo, un lector crítico se pregunta inmediatamente qué información no aparece en el enunciado: ¿ese aumento corresponde a términos nominales o reales?, ¿cómo se comportó la inflación en ese periodo?, ¿el aumento se explica por un crecimiento general del presupuesto nacional?, ¿cuál fue el cambio real en la inversión por estudiante? En otras palabras, el dato presentado puede ser verdadero, pero sin contexto puede producir una interpretación exagerada del impacto real de la política pública.

Razonamiento cuantitativo: cuando los números persuaden

La política contemporánea está saturada de cifras: tasas de desempleo, crecimiento económico, número de beneficiarios de un programa, inversión social, déficit fiscal.

El problema es que los números también pueden convertirse en herramientas retóricas.

Un ejemplo simple: una política pública puede anunciar un aumento del 20 % en cierto programa social. Sin contexto, ese número parece enorme. Pero si el programa representaba apenas el 0,5 % del presupuesto total, el impacto real puede ser mucho menor de lo que sugiere el titular.

Aquí entra en juego el Razonamiento Cuantitativo, otra de las competencias evaluadas en Saber PRO y TyT. Esta habilidad permite distinguir entre cifras informativas y cifras persuasivas.

Sin ella, el debate público se convierte fácilmente en una competencia de estadísticas bien presentadas.

Un ejemplo típico aparece cuando un gobierno anuncia: “Construimos 10.000 nuevas viviendas en los últimos cuatro años”. El dato puede ser correcto, pero un ciudadano con razonamiento cuantitativo desarrollado inmediatamente formula preguntas adicionales: ¿cuántas viviendas se construían antes?, ¿cuál es el tamaño del déficit habitacional?, ¿qué porcentaje del problema representan esas 10.000 viviendas?, ¿la población creció durante ese mismo periodo? Si el país tiene un déficit de 1,5 millones de viviendas, entonces esas 10.000 representan menos del 1 % del problema. El número puede parecer grande en términos absolutos, pero en términos proporcionales su impacto puede ser muy limitado.

Competencias ciudadanas: derribemos un mito

Quizá la competencia más interesante —y también la más difícil— es la de ciudadanía.

Solo el 30 % de la prueba evalúa temas de conocimientos sobre la Constitución Política, Derechos, Deberes. 

¿Qué más evalúa? 

Multiperspectivismo: implica reconocer que los asuntos públicos suelen involucrar distintos actores, intereses y visiones del mundo, y que comprender esas posiciones es fundamental para interpretar los conflictos sociales. 

Pensamiento sistémico: permite entender cómo las decisiones públicas generan efectos interrelacionados dentro de sistemas sociales complejos, donde una medida puede producir consecuencias en distintos ámbitos al mismo tiempo. 

Argumentación: consiste en evaluar la solidez de los argumentos presentes en el debate público, identificar falacias y construir posiciones sustentadas en razones. 

La democracia no consiste en que todos pensemos igual. Consiste en que personas con intereses y visiones diferentes puedan convivir dentro de un mismo marco institucional.

Las competencias ciudadanas evaluadas en las pruebas Saber buscan precisamente desarrollar la capacidad de analizar dilemas sociales, comprender distintos puntos de vista y evaluar conflictos colectivos.

En un país con altos niveles de polarización política, esta competencia no es menor.

¿Será que tenemos los gobernantes que merecemos? la verdad soy optimista y siento que todo no está tan mal. Desde los 90s qué empecé a tener conciencia política, el país —y el mundo—  se vienen cayendo a pedazos, pero igual hemos podido estudiar, trabajar, lograr metas. Esto desafía esa realidad oscura en la que nos quieren empaquetar, miedo, miedo.

No es una realidad perfecta, nunca lo será, pero podría ser peor y eso es lo que debemos defender y respetar, no somos brutos por pensar diferente, somos brutos por no pensar con argumentos. 

Solo espero que quien gane haga las cosas bien, detesto esa idea de alegrarse cuando gana un contrario, suponer que el país va a estar mal y alegrarse de eso. Qué retorcidos solemos ser en ciertos momentos.

Una paradoja educativa

Aquí aparece una paradoja interesante.

Cada año el sistema educativo colombiano evalúa de manera sistemática competencias que son fundamentales para la vida democrática. Miles de estudiantes responden preguntas que exigen interpretar argumentos, analizar cifras y reflexionar sobre dilemas sociales.

Sin embargo, cuando el debate político se traslada a redes sociales o a conversaciones cotidianas, esas mismas habilidades parecen desaparecer.

La discusión pública se llena de afirmaciones categóricas, cifras sin contexto y lecturas simplificadas de problemas complejos.

La pregunta entonces no es trivial:

¿Estamos desarrollando realmente las competencias? O las estamos ignorando…  

Parece que la vida intelectual versus la vida social se disloca. Cuando el debate público abandona la argumentación, ignora la evidencia y simplifica problemas complejos en afirmaciones categóricas, no estamos simplemente ante una discusión política intensa. Estamos ante algo más profundo. El filósofo francés Alain Finkielkraut llamó a este fenómeno “la derrota del pensamiento” en su ensayo La défaite de la Pensée (1987). Con esta expresión señalaba el momento en que la reflexión crítica es reemplazada por simplificaciones culturales, emocionales o ideológicas que empobrecen la deliberación pública.

Me niego a creer en la derrota del pensamiento. Hoy más que nunca hemos construido las más poderosas herramientas, que estés leyendo esto es sinónimo de democracia, qué puedas debatir esto con altura es sinónimo de inteligencia. Recuerda, hacemos parte del 6,6 % de la población mundial que realmente puede ejercer su derecho al voto.

Eduardo Montoya Castañeda
Licenciado en Filosofía con más de 24 años de experiencia en evaluación y aseguramiento del aprendizaje AoL. Fue docente y directivo por alrededor de 10 años. Socio fundador y Director general de ESE- Grupo Educación y Empresa desde hace 14 años.

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