Los desafíos de la educación frente a los Millennials y Centennials

Para la mayoría de estudiosos, los millennials (o generación Y) tienen entre 22 y 36 años. Nacieron entre 1981 y 1995 al calor del pasado siglo y las creencias más tradicionales, pero también fueron testigos del desarrollo y la consolidación de las nuevas tecnologías que emplean como si fueran una extensión más de su cuerpo. Están incrustados entre lo viejo y lo nuevo. En pocos años representarán el 75 % de la fuerza laboral mundial, según la consultora internacional Deloitte.

 

La generación Z, también conocidos como centennials, desplazarán a los primeros en unas décadas como principales impulsores del consumo, de acuerdo con la firma de investigación de medios Kantar Ibope Media. Llegaron al mundo a partir de 1997 con un smartphone o tablet debajo del brazo y con una sobreexposición a la información y a la era digital jamás vista.

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Estas generaciones son más impacientes, más competitivos y tecnológicos que sus antecesores y buscan que la formación que reciben tenga utilidad real en su futuro laboral, todo ello de cara al contexto de globalización en el que se desarrollan. Los millennials y los centennials han llegado para darle un giro al sector educativo, advierten los expertos consultados. ¿El motivo?: los modelos actuales no se ajustan a sus demandas ni están articulados con lo que las empresas les exigen una vez se vinculan al mercado de trabajo.

Para Antonio Alonso, Ph. D. en Economía, Dirección y Gestión de Empresas y profesor de la Universidad Sergio Arboleda, la diferencias más clara entre ellos es el producto educativo que consumen. Mientras la generación Y es cliente potencial de programas de posgrado (especialización, maestría y doctorado), los Z lo son de los pregrados. Los más jóvenes incluidos en este apartado todavía acuden al colegio, por lo que el debate también afecta a estas instituciones.

 

Semana Educación recoge las reflexiones de varios especialistas sobre los cambios que van a tener que adoptar los sistemas educativos para responder a las exigencias educativas de estas generaciones.

Para Pilar Llacer, los sistemas actuales, diseñados la mayoría en los años cincuenta, no son viables porque son unidireccionales: «‘Yo te hablo y tú te formas a partir de lo que te cuento’». La experta aboga por modelos de aprendizaje centrados en el estudiante, «que les incite a querer aprender, porque eso los va a cualificar para el futuro”.

 

Marc Prensky, tras realizar en 2011 más de mil entrevistas a jóvenes de diferentes procedencias, edades y realidades económicas, concluyó que las nuevas generaciones no están interesadas en la educación centrada en las charlas teóricas y magistrales, sino en un sistema participativo y colaborativo, que les permita potenciar sus intereses y pasiones y que esté conectada con la realidad. “Quieren crear empleando para ello las herramientas de su tiempo”, explica Prensky. De ahí que sea vital incorporar la tecnología para lograr incidir en el aprendizaje.

 

“La tecnología es disruptiva y reduce progresivamente la atención de los estudiantes. Esto nos obliga a que los estudiantes dejen de ser usuarios de las tecnologías para ser creadores de contenidos y creadores de los cambios mismos. Para ello, hay que poner a su disposición iPads, libros electrónicos, que los profesores creen videos y podcasts. Hay que preparar a los estudiantes para ser grandes oradores, creadores, consultores. La tecnología es un medio, no un fin”, señala Franc Ávila, profesor de innovación, desarrollo, emprendimiento, estrategia y tecnología en la universidad suiza de Les Roches.

Este es uno de los puntos en el que el consenso es unánime: el rol de docente tiene que transformarse si lo que se busca es brindar educación de calidad y pertinente a los millennials y centennials. De acuerdo con Ávila, los profesores tienen que ser más proactivos y emprendedores. Deben ser un guía (“y no un lector de libros”). Un trampolín a un futuro de posibilidades, lo describe, y no un supervisor de exámenes: “En mis clases presento cada año proyectos reales que los estudiantes deben poner en funcionamiento después de darles total acceso a un presupuesto. Les enseño en la marcha, no a través de una clase magistral con PowerPoint. Hay que crear líderes que busquen la pasión de innovar y para ello hay que guiarlos en el proceso de resolución de problemas actuales”.

 

Se trata de entender la figura de un docente como un sabio, indica Llacer, con experiencia avalada en su sector y capaz de transmitir la información. El aprendizaje constante y a lo largo de toda la vida debe ser otra de sus cualidades con el fin de estar a la vanguardia de lo que el mercado demanda y de las nuevas posibilidades tecnológicas enfocadas a las metodologías educativas.

 

Sin embargo, apuntan los expertos, esta innovación y constante reciclaje es imposible si los educadores siguen sin recibir una remuneración que se ajuste a la trascendental tarea que desarrollan: formar a la sociedad del futuro.

“La formación para la generación Millennial y la Z se debe entender como aprendizaje ‘a la carta’”, explica Llacer. Alonso lo define como “enseñar no desde las asignaturas, sino desde las competencias, duras y socioemocionales”.

 

En el futuro, y de acuerdo con Thomas Frey, director ejecutivo del Instituto DaVinci, Colorado, una de las mecas de la innovación, las personas deberán contar con 14 nuevas habilidades para desarrollarse de forma exitosa en los entornos laborales y de emprendimientos: optimizadores, transformadores, expansionistas, maximizadores, inflexionistas (identificar puntos de inflexión), éticos, filósofos y contextualistas (entender su entorno) son algunas de ellas.

 

Pero para que esto sea posible, se necesita un acompañamiento y una orientación vocacional que debe comenzar en las escuelas y continuar en las instituciones de educación superior.

Para Alonso, lo más importante es reconocer que el sistema educativo en estas instancias educativas está obsoleto. “Estamos creando clones, todos reciben una misma formación. Las escuelas deberían ser capaces de extraer en qué es singular cada estudiante y, potenciar esas particularidades para conocer en qué es bueno cada niño, qué le apasiona, qué le hace feliz”, afirma. Ávila lo explica como “combinar la gran filosofía de la educación vocacional con la inmersión educativa, una simbiosis entre la teoría y la práctica”.

 

Según Llacer, “estamos en una sociedad que prima la creatividad, pero los colegios la anulan y premia la memorización. Se penaliza al estudiante diferente, al que no hace las dos rayas como le pedimos sino en otro sentido, al que tienen una respuesta alternativa, porque en los actuales modelos se tiende a la homogenización y estamos en una sociedad que no necesita talento homogéneo. Desde luego recopilar información no significa tener conocimiento”.

La mayoría de instituciones universitarias ya están obsoletas, advierte Llacer, porque, aunque garantizan que los egresados sí tienen los conocimientos, “no sucede lo mismo con las competencias”.

 

La postura de Alonso es menos radical: “Tenemos universidades que tienen más de 500 años y que han superado guerras mundiales y siguen persistiendo. Lo que han hecho es adaptarse y reconvertirse en sintonía con lo que la sociedad demanda”. Para el profesor de la Sergio Arboleda, la institución universitaria del futuro es aquella que le pregunte al estudiante qué quiere estudiar y le ofrezca un aprendizaje virtual para aquellas asignaturas basadas en las competencias duras que debe manejar de acuerdo con su ámbito de acción. En cambio, el desarrollo de las competencias blandas necesitarán de una presencialidad en el aula, “porque para aprender de liderato, por ejemplo, no basta con leer un libro, se deben que desarrollar actividades prácticas o estar cerca de un líder para que te enseñe”.

Fuente: semana.com

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