¿Qué necesita una persona para tomar una buena decisión frente a una oferta educativa además de conocer el área profesional de desempeño a la que aspira? Necesita saber leer más allá de un mensaje publicitario, interpretar cifras, identificar riesgos, contrastar información y comprender las implicaciones de sus decisiones.
Una investigación reciente del programa Séptimo Día recogió los testimonios de varios colombianos, algunos de ellos profesionales, que afirman tener deudas millonarias con una institución que ofrecía formación acelerada en desarrollo de software. Según los testimonios, el modelo contemplaba que los estudiantes comenzaran a pagar una vez estuvieran trabajando, la posibilidad de acceder a empleos con empresas aliadas y una remuneración superior al promedio del mercado.
Uno de los entrevistados relató que la deuda derivó en un proceso judicial que actualmente pone en riesgo una finca heredada por su familia. La investigación también señala que se han identificado más de 500 procesos judiciales relacionados con este modelo de financiación.
Mientras estudiantes y expertos cuestionan aspectos relacionados con los contratos, los pagarés y las condiciones bajo las cuales se ofrecieron los programas, la entidad señalada sostiene que los participantes asumieron obligaciones contractuales al matricularse.
Más allá de determinar las responsabilidades jurídicas del caso, esta situación plantea una pregunta que resulta especialmente relevante para la educación superior: ¿qué competencias y habilidades necesita una persona para evaluar críticamente una promesa antes de comprometer su dinero, su tiempo y su futuro profesional?
Mirar este problema desde una perspectiva educativa, me lleva a pensar que una decisión de este tipo, al margen del conocimiento técnico que tenga una persona, requiere capacidades para evaluar la información de forma objetiva, sin caer en la trampa del entusiasmo ni dejarse cegar por promesas exageradas.
Una oferta atractiva también exige preguntas
Una propuesta educativa puede presentarse como una oportunidad excepcional y es por eso precisamente que debería activar preguntas, no solamente entusiasmo.
¿Quién ofrece el programa? ¿Qué opiniones se pueden encontrar? ¿Qué tipo de formación proporciona? ¿Qué entidad la vigila? ¿Qué reconocimiento tiene? ¿Qué obligaciones aparecen en el contrato? ¿Qué ocurre si las condiciones prometidas no se cumplen? ¿Qué significan realmente las cifras de empleabilidad? ¿Qué riesgos financieros existen? ¿Qué alternativas tiene el estudiante? ¿Qué pasa si el programa no cumple mis expectativas? Etc.
Responder estas preguntas requiere competencias que trascienden el conocimiento específico de una profesión.
La lectura crítica y el pensamiento crítico permiten analizar información, contrastar afirmaciones, identificar supuestos y valorar la evidencia antes de aceptar una conclusión o tomar una decisión.
Esta competencia puede transformar esa impresión inicial -«es una gran oportunidad»- en un proceso de verificación: buscar información independiente, comparar alternativas, revisar las condiciones y cuestionar las afirmaciones que no estén suficientemente sustentadas.
Una persona puede tener excelentes conocimientos técnicos en programación, ingeniería, administración o cualquier otra profesión y sin embargo encontrarse en desventaja frente a una decisión cotidiana si no ha desarrollado la capacidad de evaluar críticamente la información que recibe.
Las promesas educativas (y en muchos otros campos) suelen estar acompañadas de cifras: salarios, porcentajes de empleabilidad, duración de los programas, costos, descuentos, alternativas de financiamiento o condiciones de pago.
El razonamiento cuantitativo permite interpretar esos datos y comprender qué representan las cifras, identificar las variables, comparar magnitudes y reconocer cuándo un número puede generar una impresión engañosa si se presenta fuera de contexto.
Una afirmación como «podrás acceder a empleos de determinado nivel salarial» debería llevar a preguntarse: ¿sobre qué población se calcula?, ¿qué proporción de estudiantes alcanzó ese resultado?, ¿en cuánto tiempo?, ¿bajo qué condiciones?
La competencia matemática, entonces, deja de ser una habilidad exclusivamente académica y se convierte en una herramienta para tomar decisiones informadas en la vida real.
Las competencias ciudadanas permiten comprender derechos y deberes, reconocer diferentes perspectivas y argumentos, desarrollar un pensamiento sistémico y actuar de manera responsable dentro de la sociedad.
En situaciones como la descrita, esa formación puede ayudar a comprender que matricularse en un programa educativo también implica establecer relaciones contractuales y ejercer derechos como consumidor. Saber dónde buscar información, qué entidades pueden orientar o recibir una reclamación y qué mecanismos existen para defender los propios derechos forma parte de un ejercicio consciente de ciudadanía.
Además las competencias ciudadanas contienen sub competencias como la argumentación ¿cómo me puedo dar cuenta de que un argumento es sólido o fácilmente descartable?; o el pensamiento sistémico: esta decisión que tome, ¿cuáles consecuencias me puede generar?; o el multiperspectivismo: ¿qué parte de la realidad que puedo percibir estoy ignorando? ¿cuál perspectiva estoy poniendo en relieve?
El problema no es la falta de información
Hoy existe más información disponible que nunca, una persona puede encontrar en segundos una página web, una publicación en redes sociales, un testimonio o una cifra que respalde los datos, pero lo verdaderamente importante es evaluar la calidad de esa información.
La educación enfrenta, por tanto, el desafío de ayudar a los estudiantes a utilizar sus conocimientos y desarrollar habilidades para interpretar situaciones nuevas y en contexto, resolver problemas y tomar decisiones.
Por eso las competencias transversales tienen un papel fundamental en la educación superior y en la vida cotidiana, no son capacidades destinadas únicamente a responder una prueba, sino herramientas que acompañan a las personas cuando deben enfrentarse a decisiones académicas, profesionales, económicas y sociales.
Formar para decidir
La investigación de Séptimo día deja una reflexión que trasciende a una institución, un programa o una controversia jurídica: aun terminando una carrera con un amplio dominio de conocimientos técnicos, una persona puede enfrentar dificultades para evaluar una oferta comercial, interpretar un contrato, analizar una estadística, identificar una afirmación engañosa o reconocer los riesgos de una decisión.
Es por ello que la formación profesional debe integrar las competencias transversales de manera intencional en las experiencias de aprendizaje de las diferentes áreas de formación, sin reducir su desarrollo a una asignatura específica ni abordarlas únicamente cuando se aproxima una prueba como Saber Pro o Saber TyT.
Asegurar el aprendizaje para enfrentar situaciones reales
Desarrollar competencias transversales requiere que las instituciones puedan identificar qué están aprendiendo realmente sus estudiantes y a partir de allí generar experiencias pedagógicas que permitan desarrollar y evidenciar esas capacidades.
Desde esta perspectiva, el Aseguramiento del Aprendizaje (AoL) ofrece una ruta para articular el diseño curricular, la enseñanza y la evaluación con las competencias que los estudiantes necesitan desarrollar. El Diplomado en Aseguramiento del Aprendizaje de ESE propone herramientas para integrar las competencias transversales con las asignaturas del núcleo profesional y generar evidencias verificables de aprendizaje.
Su enfoque aborda competencias en lectura y pensamiento crítico, razonamiento cuantitativo, comunicación escrita y competencias ciudadanas, como capacidades que deben ponerse en práctica en contextos reales.
La pregunta que dejan situaciones como esta no es solamente si una persona debió haber leído mejor un contrato o investigado más antes de tomar una decisión. La pregunta educativa es más profunda:
¿Estamos formando profesionales capaces de aplicar lo que saben para analizar la información que reciben, reconocer los riesgos y tomar decisiones responsables?
Asegurar el aprendizaje implica precisamente avanzar en esa dirección: no limitarse a comprobar cuánto recuerda un estudiante al finalizar su formación, sino desarrollar las capacidades que le permitirán utilizar lo aprendido en el momento correcto, de manera óptima, cuantas veces sea necesario.
Diana Maritza López H.
Comunicadora social y periodista con más de 20 años de experiencia escribiendo contenidos y noticias sobre diferentes tópicos. Es parte del equipo de diseño y comunicaciones de ESE – Grupo Educación y Empresa.


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